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El rey de los trolls – Parte 1


Antes de que empecéis a leer, si os interesa saber algo sobre el lore de Freljord, sus campeones y sus nevadas montañas os recomiendo leer esto.



Estaba empezando a irse el sol por los Montes Apuntados cuando Trundle volvía a la aldea con madera para encender el fuego. Era la tarea que menos le gustaba ya que tenía que recorrer un montón de terreno para llegar al bosque en busca de madera.

Su aldea se encontraba a medio camino de la cima del Pico Aguja, y, siendo uno de los más altos de toda la zona le llevaba casi todo el día bajar a por leña del bosque al pie de la montaña y volver a subir cargándolos a mano. Lo que a Trundle le gustaba era ir de caza o quedarse en la aldea haciendo el vago y emborracharse con sus amigos a base de cerveza de flor helada.

Aquella noche sabía que no tendría oportunidad de emborracharse y montar una juerga ya que era día de entierro. Su clan acababa de ser asaltado por otro grupo de trolls la noche anterior y había sufrido muchas pérdidas.

Lo que más le deprimía a Trundle no era el perder a amigos o familiares suyos durante la lucha, era que su líder no quería hacer nada, era demasiado cobarde como para vengarse del clan de los trolls de Colina Escarcha.

Dejó la madera cerca de la gran hoguera que habían hecho justo en el centro de la aldea mientras seguía pensando en el tema. Su clan, los trolls de Camino Blanco, era antes un clan fuerte, o eso le decía siempre su padre. Decía que cuando un troll era adulto se entrenaba día y noche, y siempre que se peleaban con otro clan ganaban sin mucha dificultad.

Pero eso era antes, ahora el clan era mucho más pequeño que antes. Muchos trolls se fueron con el ascenso de Cráneo Rojo, su actual líder, el cual llegó a ser el jefe del clan por derrotar al padre de Trundle en un combate a muerte. Desde entonces el clan cambió radicalmente y la mayoría de trolls se largaron y formaron su propio clan lejos.

Ya caída la noche, tuvo que ayudar a sus compañeros a traer los cuerpos a la hoguera.

-Estamos aquí para ayudar en el viaje a dos de nuestros compañeros. –Empezó a decir Cráneo Rojo, con una antorcha en la mano. –Su pérdida nos ha afectado a todos. Eran valientes y murieron defendiéndonos.

Empezaron a sonar tambores, los cuales, según la costumbre de los trolls, ayudaban a los muertos a terminar su viaje y llegar al Bosque del Verano, donde descansarían en paz. Acto seguido lanzó la antorcha hacia la madera y empezó a arder casi al instante.

Las llamas empezaron a envolver a los cuerpos mientras los tambores seguían con su ritmo fúnebre, y, en cuestión de minutos, lo único que dejaron fueron unas pocas cenizas. Al terminarse el fuego Cráneo Rojo recogió las cenizas y las lanzó desde la montaña, dando por finalizado el entierro.

-¿Y ya está? –Le recriminó Trundle. -¿No vas a decir nada más?

-¿Qué más quieres que diga?

-No quiero que digas nada, quiero que actúes. Quiero que cojamos las armas y nos venguemos de los de los trolls de Colina Escarcha.

-Sabes que no podemos hacerles frente.

-Sí, desde que mataste a mi padre no hemos hecho más que defendernos del resto. Antes atacábamos a cualquiera que intentaba establecerse en nuestro territorio, e incluso a veces invadíamos otros clanes. Pero eso ha cambiado desde te pusiste al mando. Eres un covar…

Antes de que terminara su frase Cráneo Rojo le dio un puñetazo directo a la mandíbula que hizo que Trundle cayera al frió suelo. Mientras seguía tumbado en el suelo, Cráneo Rojo se le abalanzó. Se puso encima de él y empezó a golpearle la cabeza.

Un golpe, dos, tres. Ya empezaba a perder la cuenta de los golpes que había recibido cuando el resto de trolls pararon a Cráneo Rojo y lo apartaron de Trundle.

Estaba entumecido, le dolía un montón la cabeza a causa del dolor, y el sabor de la sangre y de los dientes rotos no ayudaban en nada. Notó que lo levantaban entre tres o cuatro y que lo llevaban a algún lado. Tenía los ojos muy cerrados debido a los puñetazos que había recibido, pero lo suficientemente abiertos como para ver que Cráneo Rojo estaba dando algunas órdenes.

Se le acercó y le tiró de una de sus orejas.

-Estás desterrado. -Le empezó a gritar Cráneo Rojo. La cabeza le retumbaba con cada palabra. -Si te vuelvo a ver por aquí haré lo mismo que le hice a tu padre.

Después de dejar de apretarle la oreja dejó de sentir las manos que lo sujetaban, pero empezó a sentir una sensación poco agradable. Sentía el aire gélido que pasaba entre sus dedos y su pelo a toda velocidad, sentía una gran presión en todo su cuerpo que no podía controlar. Le habían lanzado al vacío.

Hizo lo que pudo por intentar salvarse. Agarrarse a algo o cubrirse la cara u otra parte del cuerpo, pero cuando chocó contra algo simplemente se dejó llevar y cerró los ojos.

¿Había muerto?, ¿estaba vivo? No lo sabía. Simplemente estaba todo oscuro. Abría los ojos y los volvía a cerrar, así todo el rato, intentando ver algo, pero estaba en completa oscuridad. A veces escuchaba voces o ruidos extraños.

No sabía cuánto tiempo había pasado, pero un momento sintió algo en la cara, algo que era esponjoso y que le daba calor.

-Déjalo en paz. -Dijo una voz de hombre. -El pobre tiene que descansar para ponerse fuerte como yo.

Era lo primero que entendía en todo el tiempo desde que lo lanzaron desde la montaña.  Tenía muchas ganas de levantarse y de saber que había pasado. Empezó a moverse y, lo que tenía en la cara empezó a moverse, a hacer una especie de ronroneos y de lamerle la cara.

-¿Hola? -Dijo Trundle.

-Vaya, parece que te has despertado. Empezaba a preocuparme. Espera que te quite las vendas.

Cuando le retiró el vendaje de la cara pudo ver por fin con claridad. Estaba en una especie de cabaña, bastante pequeña. Junto a el había un hombre bastante grande, casi tocaba la cabeza calva con el techo de la casa. Y había una pequeña criatura blanca con los ojos y la boca muy grandes que no paraba de lamerle la cara.

-¿Dónde estoy? – Preguntó Trundle.

-En mi humilde casa, ¿dónde si no?. Llevas durmiendo en mi cama desde que te encontré tirado en la nieve.

-Gracias por cuidar de mí. -Le dijo mientras estiraba las piernas.

-No hay que darlas amigo. Mi madre siempre decía que hay que ayudar a quien necesita ayuda. Ten come un poco, desde que llegaste no has comida nada.

El hombre dejó en la mesa un tazón con lo que parecían unas gachas recién hechas. No era lo que más le apetecía comer a Trundle, pero estaba muerto de hambre y no iba a rechazar lo que le dieran de comer. Se sentó en la silla y se devoró las gachas lo más rápido que pudo.

-Mi madre siempre decía que es de mala educación no presentarse. Soy Braum, y vivo aquí desde que tengo uso de razón.. ¿Y tú cómo te llamas amigo?

-Yo soy Trundle. -Le contestó mientras terminaba las gachas. -Soy un troll del clan de Camino Blanco.

-Ah, esos son los que viven arriba del todo de las montañas, ¿no?

-Sí, que yo sepa siempre hemos vivido allí arriba.

-Bueno, ¿recuerdas algo de por qué acabaste aquí abajo? Quizá te caíste o algo así.

Trundle hizo una pausa y dejó la cuchara encima del plato.

-No quiero hablar del tema. -Dijo finalmente.

-Bueno de acuerdo. Mi madre siempre decía que no es bueno ser un pesado con algunos temas. -Braum recogió el plato de la mesa y lo dejó con el resto de platos sucios. -¿Ahora qué vas a hacer?

-Tengo que volver con mi clan.

-Creo que deberías descansar un poco más antes de marchar.

-¿Eso lo decía también tu madre?

-No, eso lo decía mi padre.

Cuando ya era mediodía Trundle salía de la cabaña de Braum con una mochila a la espalda llena de provisiones. Estaba llena de comida, vendas y medicinas por si le ocurría algo más, aunque no eran muy útiles para un troll por su resistencia.

Era cierto que quería volver con su clan, pero en su estado sería un suicidio. Lo más seguro era que cuando pusiera un pie en el territorio del clan lo matarían al momento. Aún así tenía una oportunidad para acabar con todo aquello, vengarse de Cráneo Rojo y devolver la gloria a su clan de trolls.

Necesitaba un garrote más grande que el de su actual líder. Según las costumbres de los trolls, si alguien llegaba con un garrote más grande que el jefe tenía derecho a reclamar el territorio en un combate a muerte. Eso fue lo que hizo Cráneo Rojo con su padre, y eso era lo que haría Trundle con él.

Decidió hacer caso a los rumores que había escuchado días atrás de que una poderosa hechicera había renacido y tenía bajo su dominio parte del Bosque Nublado, donde se encontraba la antigua Fortaleza de Hielo. Se rumoreaba también que esa hechicera quería formar parte en la guerra civil que había en ese momento en Freljord. Con suerte, los rumores serían ciertos y podría hablar con la hechicera y llegar a algún tipo de pacto.

El camino desde el pié de la montaña hacia Bosque Nublado era bastante corto, a un par de días de distancia. Lo peligroso era que tenía que pasar sobre una zona en guerra y, si quería rodear esa zona tardaría semanas, cosa que Trundle no quería hacer. Cuanto antes terminara, mejor.

El Bosque Nublado estaba bastante cerca. Si no había ninguna ventisca ni ninguna otra complicación llegaría al día siguiente sin ningún problema.

Desgraciadamente, la suerte no estaba de su lado, y, mientras atravesaba la zona de guerra empezó una leve ventisca. No era tan fuerte como para impedirle andar, pero si lo suficiente como para no ver casi nada. Trundle no tenía ninguna referencia clara, podría estar caminando en círculos, pero sus pisadas eran tan grandes y tan profundas que se guió por sus huellas en la nieve para no perderse.

La ventisca empezó a amainar pasado un rato. Y, cuando pudo ver el sol de nuevo se alegró de seguir caminando por la misma dirección. Escuchó un sonido extraño. Fue a mirar al suelo y había una flecha recién clavada en la nieve. Cuando se quiso dar cuenta había otra clavada en su hombro izquierdo.

Le dolía muchísimo, pero se quitó la flecha clavada al momento. Aún había poca visibilidad por lo que intentó salir lo más rápido que pudo, pero, nada más dar un paso escuchó varios arcos tensándose a su alrededor.

-No muevas ni un dedo. -Le dio alguien con la voz ronca.

Se empezó a disipar la ventisca y Trundle empezó a distinguir siluetas entre la nieve. Eran cuatro personas las que estaban alrededor suya, no eran mucho más altos que él. Si tuviera algún tipo de arma o armadura podría hacerles frente fácilmente, pero por el agotamiento de la caminata por la ventisca y porque todos le estaban apuntando con sus arcos sería un completo suicidio.

Pero no le quedaba otra, por la pintura que llevaban puesta en la cara eran miembros de la Garra Invernal. Si lo capturaban lo más seguro era que le usaran de esclavo, pero eso no lo iba a permitir, tenía una venganza que cumplir.

Confió en que su cansancio le permitiera salir con vida. Se abalanzó sobre el arquero que tenía más cerca, tirándolo sobre la nieve mientras le empezó a golpear. Dos de las tres flechas que lanzaron le dieron en la espalda, la otra le silbó por la mejilla izquierda.

Estaban empezando a cargar mas flechas cuando le rompió el brazo al soldado que había tirado al suelo. Le dolía la espalda, pero eso no le impidió cargar hacia otro de ellos. Este ya tenía la flecha cargada, pero cuando se le acercó Trundle falló el disparo. Las de sus otros dos compañeros no, pero era demasiado tarde ya que de un puñetazo Trundle se libró del tirador a por quien se había lanzado.

Ya era inútil cargar otra flecha, por lo que los soldados restantes sacaron sus cuchillos de caza. Pero el miedo se les notaba. Todo el mundo sabía que quien se enfrentaba a un troll no acababa bien parado, y no fue una excepción. Al estar tan cerca, Trundle les agarró por el cuello, a la vez, uno por cada mano.

Les levantó del suelo y empezó a estrangularles. Los hombres intentaron darle patadas o clavarle los cuchillos, pero no les funcionó de nada. Al cabo de un rato pararon de moverse y Trundle les tiró a la nieve.

El troll se sacó las dos flechas que le habían clavado en la espalda. No se habían clavado muy profundo por lo que, con suerte, por la noche ya se habían curado las heridas. Pero al sentarse sobre la nieve a descansar escuchó algo acercarse a toda velocidad.

Cuando se quiso dar cuenta una criatura con unos grandes colmillos le embistió a toda velocidad. El golpe casi lo deja inconsciente. Estaba tirado en el suelo cuando alguien se le acercó.

-Es fuerte. -dijo, parecía la voz de una mujer. -Puede sernos útil.

Dicho esto, la mujer le dio una patada en la cabeza y, finalmente, Trundle quedó inconsciente.

Imagen de perfil de Hotllum
19 años. Estudiante de programación y un viciado a los videojuegos desde que tengo uso de razón. Manqueo en cualquier línea desde finales la season 2.

3 Comentarios

  1. Imagen de perfil de aitorstrak aitorstrak dice:

    buenísima historia con ganas de ver esa segunda parte.

  2. Imagen de perfil de draeth draeth dice:

    Gran trabajo! espero con ansia la segunda parte ^^

  3. Imagen de perfil de juanusso juanusso dice:

    Me ha gustado mucho la primera parte. Especialmente los diálogos de Braum. xDD

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